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viernes, 9 de noviembre de 2012

LA LLEGADA DEL INVIERNO

     Era costumbre que tres amigos de toda una vida, se reunieran en el café de la esquina a conversar de la vida cotidiana, del tiempo, de sus vecinos y por qué no, de sus familiares.
   Este día el tema fue diferente, y surgen los recuerdos que cada uno de ellos expresa con total claridad y franqueza.
    Doña Jacinta es la dueña del café, una simpática y robusta veterana, viuda y sin hijos. Su hermana Petrona la ayuda en la limpieza y algunas veces prepara unos exquisitos pasteles fritos, que se ofrecen para la venta a los parroquianos del café. Como olvidarse de la abuela Pepa, como lo llaman los asiduos visitantes del café de Jacinta. Todos los días casi a la misma hora, llega a comprar su botellita de vino.
  Aquellos amigos inseparables eran: Don Antonio, retirado de la profesión de carpintero, con sus 75 años bien llevados. Juan había trabajado durante más de cuarenta años como sepulturero en el cementerio local, cumpliría muy pronto sus setenta y siete años; y finalmente José el más veterano de los tres tenía setenta y ocho años, había trabajado toda vida  como peón de albañil.
   Doña Jacinta los llama el trío de oro. Su clásica reunión la hacen todos los días entre las once de la mañana y las dos de la tarde. En una mesa de madera cuadrada, ubicada al lado de la ventana, allí están ellos. El mostrador es corto, pero en él está ubicada la máquina de hacer café, la bandeja de los pasteles tapados con una servilleta de color rojo, y en la otra punta como esperando su clientela Doña Jacinta. En una de las paredes un retrato del zorzal criollo Carlitos Gardel, y en la otra un retrato al carbón del padre de Jacinta.
   Es la hora señalada y el primero que llega es José:
José – Buenos días, Doña Jacinta
Doña Jacinta – Buenos días Don José
José – Parece que hoy tendremos un día caluroso…bueno estamos entrando en el verano.
Doña Jacinta – Tiene Ud. razón, ya los días son mas largos.

   En esos momentos Doña Petrona llega con pasteles recién hechos.
Doña Petrona – Buenos días Don José, ¡gusta un pastelito! Están recién fritos, y hoy anduve con buena mano.
José – Los tendré en cuenta, para cuando vengas los amigos. Esos picarones hoy se me han dormido.
Doña Petrona – No lo crea, en estos momentos llega Antonio.   
Antonio – Buenos días Jacinta, Petrona y al madrugador de José
Doña Jacinta – Sean buenas también para Ud. Antonio, ya lo espera en vuestra mesa Don José.
   Lógicamente que el más remolón de todos los días se hizo esperar, pero por fin llegó.

Juan – Hola, hola ¿Me esperaban? O simplemente hacían tiempo.
Antonio – No te hagas el distraído, que no estamos en el cementerio. Siéntate que tenemos pasteles recién hechos por Petrona.

  Aquella mesa es una postal de antaño, conjugando diferentes estilos de vidas y de profesiones. Juan fuma su puro, mientras que José y Antonio arman su cigarrito.

Juan - ¿Vieron quién murió? Vicente, aquel viejo que vendía leña, y que vivía en una casita pequeña, junto al río. 
José - ¡Qué raro! Cuando no te ibas a pasar una necrológica. Olvídate de tu pasado, y vive el presente.
Juan – Eso es imposible. Son muchos años haciendo el mismo trabajo. Escuchando llantos y lamentos, tratando de evadirme del sufrimiento ajeno, pero era imposible.
Antonio – Aquello quedó en tu recuerdo, debes pensar que era tu trabajo, y como tal debías hacerlo.
Juan – Tienes razón. No es fácil borrar cuarenta años de lucha diaria. Al final se te hace carne cada momento, cada situación.
José - ¿Por qué no nos hablas mas vale de tu niñez? Pensamos que será más alegre que tu trabajo en el cementerio.
Juan – Es verdad. Pero antes quiero hacerle acordar a Antonio, cuando se nos desarmó aquel cajón, y él tuvo que ir con sus herramientas, a solucionar esa emergencia.
Antonio - ¡No me hagas acordar! Creo que fue el día más triste de mi vida… dejémoslo en el recuerdo.
   Había que cortar el tema, y Doña Jacinta los invita con una botellita del vino reservado que lo sacaba en algunas ocasiones.
Doña Jacinta – Bueno, Bueno. Brindemos por este día lindo que tenemos, y por la llegada de las golondrinas, que nos visitan en nuestros tejados.
José – ¿Vieron que linda le está quedando la casa a Matías? El constructor es el hijo de mi antiguo patrón.

   Doña Petrona que todavía andaba en la vuelta, mete la cuchara:

 Doña Petrona – A mi me parece, que la ventada de la izquierda, está un poco torcida.
 José - ¡Imposible Doña Petrona! Ese muchacho es muy bueno en el oficio, y no permitiría que algo quedara mal.
 Doña Petrona - ¡Ud. pase y vea! Mañana me dice.
José – Estas mujeres, no saben nada de albañilería, me lo van a decir a mí, que trabajé toda mi vida en eso.
Antonio – Bueno José, ella solamente hizo un comentario.
José - ¡Que años aquellos! Trabajábamos de sol a sol, y los compañeros eran una familia. ¡Ahora! Andan todos peleados, y están esperando la hora, para largar la cuchara.

    Juan se mantenía en silencio, talvez sintiéndose culpable del tema inicial. Claro los demás amigos sabían que tan arraigado tenía esas anécdotas, que en cualquier oportunidad las expresaba. Había necesidad de sacarlo de esa situación:

Antonio – ¿Te acuerdas Juan el día que nos conocimos? Sólo teníamos los años justos, para usar los pantalones largos.
Juan - ¡Como no me voy acordar! Ese día era el cumpleaños de mi madre y los lucí con tanto orgullo, que no me los quería sacar para acostarme.
José - ¡Dime Juan! No fue con esos mismos pantalones que entramos colados al baile de la renga Josefa.
Juan – ¡Por supuesto! Era mi mayor orgullo.

   En esos momentos llega como todos los días la abuela Pepa.
Abuela Pepa – Buenas a todos. Que tal Doña Jacinta, tiene pronto mi vinito.
Doña Jacinta - ¡Por supuesto Pepa! Está pronto como siempre.
Abuela Pepa – Hola Antonio ¿No me harías un favor?
Antonio – Con mucho gusto ¿Qué anda precisando?
Abuela Pepa – Ud. sabrá que la puerta de mi ropero le cuesta cerrar, ¿no se anima a echarle un vistazo? Lo esperaré con torta de chocolate, que me han dicho que es su preferida.
Antonio – Por favor Pepa, lo haré sin ningún interés. En horas de la tarde estaré por su casa.
Abuela Pepa - ¡Ah, me olvidaba! ¿Podrás José arreglarme la canilla del baño? Debe ser una pavadita.
José - ¡Por supuesto! Mañana temprano estaré por su casa. Hoy no tengo las herramientas que me las pidió prestada un vecino.
Abuela Pepa – ¡Adiós Juan!, no te olvides de mi pobre gato, está por fallecer, y tu eres la persona indicaba para enterrarlo en el fondo de mi patio.

   Juan que todavía no podía recuperarse de su disertación inicial, no le contesta nada.

Abuela Pepa – Hasta mañana Doña Jacinta, saludos a su hermana Petrona
Doña Jacinta – Serán dados con mucho gusto, que tenga Ud. un buen día.

  Llega a la puerta y se vuelve:

Doña Pepa – Les quería comentar que la vecina que vive al lado de mi casa, tiene un marido nuevo. Parece que es un ricachón que trabaja en el negocio del cigarro. En fin, yo les comentaba no más. Ah, por lo menos la vi., con vestido nuevo.
Doña Jacinta – Gracias por el comentario Doña Pepa, ¡no sabíamos nada!

   Ahora si se retira definitivamente, llevando debajo de su brazo derecho la botellita de vino.
Juan - ¡Que vieja chusma! Que le importa como viven, o hacen los vecinos. Cada uno de su vida hace lo que quiere.
    
              Un breve silencio, y se reanuda la charla.

José – Están muy ricos los pasteles Doña Jacinta, nos puede traer otra bandeja. En realidad esto me hace acordar al cumpleaños de mi tío Ricardo. Pasamos toda la noche a pasteles y vino. ¡Pero pasamos tan lindo! Ya no se hacen más esos festejos familiares.
Antonio - ¡Es verdad! Ahora pura musiquita y nada de morfi. Recuerdo cuando era niño el cumpleaños con mis compañeritos del barrio. ¡Esos si que eran cumpleaños!
Juan – Recuerdo mi primera pelota de fútbol. Mis bolitas de colores, y cuando había alguna brisa, las cometas.
Doña Jacinta – Bueno, bueno, yo también fui niña y tuve mi muñeca de trapo. ¡Qué felices que éramos con tan poco! Hoy todo ha cambiado.
José – No se me ponga pachucha Doña Jacinta, ¿Ud. se olvida los años que tiene?
Doña Jacinta – No sea impertinente José, respete a una dama.

   Los recuerdos habían invadido el café de Doña Jacinta, las nostalgias de un tiempo pasado, y la vida que se les escapaba.

  Antonio – Ya que Jacinta trajo los recuerdos de las muñecas, mi hermana, la finadita Tota, tenía una de ojos celestes, cabellos rubios y un vestidito de seda. ¡Que nadie se la tocara! ¡Se ponía de mala!
  Juan – Aquella noche cuando nos casamos con Florencia,  teníamos el mundo a nuestros pies. Claro ¡éramos tan jóvenes! Yo pensaba que toda la vida, iba ser igual. Que aquella fuerza de juventud, la tendría siempre…pero ahora….
 José - ¡No te amargues! Yo soy el mayor de los tres, y aún conservo los recuerdos de mis años mozos. ¡Pueden creer que conservo mi primera corbata! La vida no me dio hijos, pero tengo sobrinos. ¡En fin, no es lo mismo!

   En esos momentos regresa Petrona al café, con una escoba y pala.
Doña Petrona – Bueno señores. Con vuestro permiso voy a barrer las migas que hicieron cuando comieron los pasteles.
José – No se enoje Petrona, si rezonga se va a poner más vieja.
Doña Petrona - ¡Pero Uds. también!
Doña Jacinta - ¡Eso es de todos los días Jacinta! Eso que siempre le doy un plato para cada uno. Se ve que el entusiasmo de la conversación, los pone distraídos para otra cosa.
Antonio - ¡Ah Ud. también se le han volado las primaveras Doña Jacinta! Cada día tiene menos paciencia. Se olvida que hace más de veinte años que venimos todos los días a su café.
Doña Jacinta - ¡Está bien! Ya los siento como de mi familia, y les digo más…los espero con entusiasmo.

   En esos momentos se emociona Jacinta, y disimuladamente con su pañuelo de manos, se limpia las lágrimas. Seguramente cada historia que ellos traen todos los días, hace carne, y muy fuerte en su corazón.

Juan – ¿Les había contado cuando en aquel entierro, se nos ganó un perro en el nicho, y no quería salir?
José – ¡Basta de cuentos de tu cementerio! ese tema se deja para otro momento.
Juan – Lo más curioso que el perro, pertenecía al finado, y tal vez…
Antonio - ¡Que te dijimos Juan, termínala con esos cuentos!
José - ¿Por qué no nos cuenta tu etapa de golero?
Juan - ¡Está bien se las contaré! Era joven, fuerte, y con los reflejos impecables. Nadie me hizo un gol desde afuera del área.
Antonio - ¿Cómo llegaste a golero?
Juan - ¡Me eligieron, era el mejor! Les contaré aquel partido que salimos campeones.
José - ¿Cuándo salieron campeones?
Juan – En aquel verano, que murió el padre Pedro. Él era el golero titular y yo el suplente.
Doña Jacinta – Antonio, por qué no me miras la fiambrera de la despensa, le falta un ajustecito.
Antonio – Con mucho gusto Doña Jacinta, iré por ella.

  Mientras Antonio arreglaba la fiambrera, José y Juan aprovechan para caerle

José - ¿No te parece que Antonio está un poco distraído?
Juan – No solo eso, repite los cuentos.
José – No le digas nada pobre, somos amigos de tantos años.
Juan – Por supuesto, yo enterré a sus padres y lo hice con mucho cariño.

  En pocos minutos vuele Antonio a su asiento.

Antonio – Esta Jacinta, era sólo para fastidiarme, la fiambrera está en perfectas condiciones.
Doña Jacinta – Muchas gracias Antonio, le voy a servir otro vino, que paga la casa.

   Un breve silencio y nuevamente aquellos momentos de lindos recuerdo afloran sobre la mesa.

 José – Les voy a contar el día que me tocó solito bajar cinco mil ladrillos del carro de los Rodríguez.  El carrero se hizo el listo, y se fue a conversar con el capataz.
 Antonio – No mientas José.
José – Se los juro por el finadito de mi padre. Era una primavera lluviosa, y muy ventosa. Pero me sobraban las fuerzas y las ganas para eso y mucho más
Juan - ¿De quién era la construcción?
José – De mi compadre Lorenzo. Un hombre de ley y cumplidor con la peonada.
Juan - ¿No habías comentado la semana pasada, que tu patrón era Rosendo Pereira?
José - ¡Por supuesto!, pero Lorenzo ponía los billetes.
Antonio – Bueno, bueno, me parece que el vino de Doña Jacinta, ya se apoderó de tu memoria.
 Juan – Doña Jacinta, ¿Por qué no nos sirve un café bien cargado? Creo que nos hace falta a todos.
Doña Jacinta – Lo estaba pensando. En unos minutos estoy con Uds.
José - ¿Dime Antonio, que es de la vida de aquella novia, de las trenzas largas?
Antonio – Según me parece, se casó con el almacenero del poblado vecino. ¡Era linda la guacha!
    Doña Jacinta que traía el café entró en la conversación:

Doña Jacinta – ¿Ud. dirá Antonio la que hoy es señora de Toribio Flores?
Antonio - ¡Creo que sí! No la vi más a la pobrecita.
Doña Jacinta - ¿Ud. disculpe que Don Antonio, pero tengo entendido que ella vive en este pueblo, con uno de sus hijos?
Antonio - ¡Tal vez, pero yo no la he visto más! Han pasado tantos años, que sólo me queda un débil recuerdo de su rostro de juventud.
  Nuevamente regresa la abuela Pepa al café, pero esta vez por otros motivos.

Abuela Pepa – Buenas nuevamente. ¿Dime Jacinta no está Petrona? Ella siempre me hace algunas costuritas, y le traigo una falda.
Doña Jacinta – Ya se la llamo Pepa, creo que está en la cocina.
Abuela Pepa - ¿Uds. todavía por acá?
Juan – La tarde es joven aún Pepa. Recién vamos por la tercera botella.
Petrona – Adelante Pepa, que la trae por acá.
Abuela Pepa – Le decía a Jacinta, ¡una costurita!
Petrona - ¡Esta bien! Pase al cuarto y la vemos.

   La rueda de queridos recuerdos continúa.
Antonio – Cada vez que paso por la vieja almacén del turco Abrahán, no puedo creer lo destruida que está. Pensar que cuando yo tenía dieciocho años, le hice parte de su estantería. ¡Qué hombre machete!
Juan – Lógicamente que esté así. Después que murió él, ya hace quince años, esa propiedad quedó sola. Según tengo entendido no tenía familiares.
José – Cuando hizo unos arreglitos en el baño, me mandó a buscar. ¿Tiene razón Antonio le costaba largar los pesitos? Me quería pagar con paquetes de fideos, y al final llegamos a un acuerdo, por un par de zapatos.
Juan – Según mi padre, lo había conocido vendiendo con una canasta.
José – Como les contaba. Ese par de zapatos que me entregó el turco, los estrené en el primer baile, que se hizo en la “Sociedad La Porteña”. Esa noche, conocí a la que fue mi esposa, ¡que felices fuimos con ella! Pensar que la perdí tan pronto…
Antonio – Bueno, bueno José, pero luego te casaste con la hija del verdulero. ¡Esa si que era linda! Anteriormente la coqueteaba el pardo Fernández, pero te eligió a ti.
José - ¿Si yo les contara mis amoríos en mis años de juventud?
Juan – Los conocemos José, los conocemos. ¿No recuerdo si les relaté cuando me estaba haciendo mi primera vivienda? Yo era un tipo pintón, y en aquel barrio las muchachas se sacaban chispas para tener algo conmigo.
Antonio – No seas fanfarrón, si apenas tuviste tres novias, ¡que yo haya conocido por lo menos!
Doña Jacinta – Según una charla personal que tuvimos con Antonio, él me contó una larga y fogosa historia amorosa ¿No es así Antonio?
Antonio – No les haga caso Doña Jacinta. Es por envidia que hablan, ellos jamás vieron el amanecer con una dama.

 La abuela Pepa se despide, y Doña Petrona se queda a charlar un ratito con su hermana Jacinta.

Doña Jacinta - ¿Trío de oro, otra botellita? Miren que tengo un reservado, que Uds. se merecen.
Juan - ¡Está bien Jacinta! Vamos hacer un esfuercito.
José – Si tuviéramos un quesito, hacíamos un picado.
Doña Jacinta – ¡No se preocupen!, Petrona se corre hasta el almacén del gallego Manolo, y tendrán su picadita

  Seguramente entre el vino y el picado de queso, con la galleta criolla de la panadería “Las mejores roscas”, dará motivo para continuar la charla.
  Aquel día parecía especial para aquellos tres amigos, que aunque se reunían todos los días, siempre quedaba un recuerdo pendiente.

Antonio -  ¿Se acuerdan cuando le hice el juego de dormitorio al Pocho Ramírez?
Juan – Esa no la conocíamos. ¿Qué pasó?
Antonio – El juego quedó que era una pinturita. Cuando lo llevan a la casa sentían ruido en el ropero. ¡Nadie se animaba a fijarse que pasaba!
José – ¡Me imagino que sería algún perro que había quedado encerrado!
Antonio – ¡Nada de eso! Cuando abren la puerta del ropero, sale el hijo pequeño de Augusto, ¿Se acuerdan mi ayudante? Seguramente jugando quedó encerrado, y nadie se dio cuenta.
 Juan – Me parece que estás exagerando Antonio. Pero te la vamos aceptar para no malograr tus buenos recuerdos.
José - ¿Quién no conoció a Don Pancho? Él era  compañero de trabajo y encargado de recibir los materiales. Un día había desaparecido de la obra. Lo buscamos por todas partes, y al final del día nos fuimos a nuestras casas.
Antonio - ¿Y dónde estaba?
 José - ¡Ni se imaginan! Cuando regresamos al otro día, sentimos una voz que nos decía: -Aquí estoy,  en el pozo – Este infeliz se había escondido en el pozo negro, y no pudo salir solo.
 
  En esos momentos llega Petrona con el queso y las galletas.

Petrona -  Creo que con esto van a estar conformes, el queso fresco con las galletas recién sacadas del horno, van ser el acompañamiento al vino reserva.
Juan – Recuerdo cuando era joven, mi madre nos hacía un emparedado con queso, dulce de membrillo, entre un pan fresco. 
Antonio – Cuando era aprendiz de carpintero con Don Julián,  su esposa Doña Sara, apenas llegaba más o menos a las siete y treinta, me esperaba con una taza de un sabroso café con leche, acompañado de unas rodajas de pan casero, amasado por ella misma.
José - ¡Qué época aquella cuando tuve de patrón a Don Serafín!  Todos los días nos traía a la obra en construcción,  por las mañanas, bizcochitos calientes de la panadería del gallego Coco.
Petrona – Bueno, bueno, disfruten el menú que tienen hoy, aquello ya es pasado. ¿No ven que el tiempo ha pasado, y sus cabellos peinan canas?
Antonio – ¡Tienes razón Petrona! Los años son los del corazón, y no la fecha de nuestro nacimiento ¿No es cierto muchachos?
José - ¿Ud. Que opina Doña Jacinta?
Doña Jacinta – Creo que todos tienen razón. Lo más importante son los buenos recuerdos, y cuando se pueden compartir mucho mejor.
Petrona – Yo también tengo en mi recuerdo, los años de adolescente. Y cuando vienen a mi memoria, me traen algo de nostalgia.

 En esos momentos entra repentinamente abuela Pepa.

Abuela Pepa - ¿Qué pasa con Uds. Que los veo sumamente sensibles?
Petrona – No les hagas caso. Hoy los recuerdos de sus vidas han aflorado a su memoria, con tanta nitidez que realmente volvieron a su juventud.
José – Somos tres viejos amigos, que sin darnos cuenta pasaron los años sorpresivamente.
Antonio -  ¡Hoy la experiencia nos favorece! ¿No les parece?
Juan -  ¡Por supuesto! Hemos acumulado tesoros en cada uno de nuestros trabajos. En aquellos años nos parecía tan lejano este momento, pero hoy es una realidad.
José – Nosotros hemos visto pasar cada día como si fuera una película nuestras vidas. En corazones hemos grabado a fuego, los momentos más lindos y los más tristes.
Antonio – No pienso renunciar a mi pasado. El me da las fuerzas necesarias para seguir viviendo, seguir encontrándome con Uds. Que en realidad son mi verdadera familia.
Juan - ¡Tienes razón Antonio! Igualmente debemos reconocer que no somos los mismos muchachos que de aquella lucha diaria. ¡Éramos los invencibles!

Jacinta que escuchaba atentamente los diálogos melancólicos de los tres inseparables amigos, decidió participar:

Jacinta - ¡Oigan muchachos! Con el mayor de los respectos. Desde hace varios años, vengo escuchando vuestras historias, algunas graciosas, otras una pesadilla. ¡Claro! Al día siguiente borrón y cuenta nueva.
Abuela Pepa - ¡Tiene razón Jacinta! Para todos han pasado los años, y en el mío particular la bebida me mantiene viva, y me acuesto con la ilusión que al otro día, vendré a visitar a Jacinta
Petrona – Les voy a decir que muchas veces mi reuma no me permite cocinar, pero ilusionada con el encuentro diario, con Uds, con Jacinta y con Pepa, saco fuerzas de donde no las tengo, y preparo mis pastelitos, y aquí estoy.

Aquellas palabras dejaron paralizados a los tres amigos, en aquella mesa de tantos años, de tantos comentarios, algunos reales, otros con fantasías. Quien rompió el silencio fue el más veterano, José.

José – Creo que hoy debemos agradecer el regalo que Dios nos da cada día, y que aún tenemos ilusiones, salud para tomar nuestros vinitos, los pastelitos de Petrona, y la consecuente compañía de Jacinta.
Juan – Aunque no lo crea Pepa, su visita en este lugar se espera con entusiasmo, porque ella es un ejemplo de vida,  y con mucho gusto acudimos a su pedido de trabajos. Nos hace sentirnos vivos y útiles.
Antonio – Bueno, bueno queridos amigos. Creo que el vino habla por nosotros, y él nos hace recordar que atrás quedaron las primaveras, y ahora debemos reconocer que ha llegado el invierno, el otoño palpita en nuestros corazones.

Aquellos amigos se miraron a los ojos, y con un abrazo en común sellaron y juraron seguir juntos hasta que el destino los separe.
Bajo la atenta mirada de Pepa, Jacinta y Petrona comenzaron a reír, se pararon y los tres abrazados se iban retirando del café.

José - ¡Hasta mañana Jacinta, Pepa y  Petrona!
Antonio – Petrona no te olvides de los pastelitos, mañana voy a venir con mucho apetito
Juan - ¡Quédate tranquila Pepa! , si muere tu gato, con mucho gusto lo voy a enterrar.

Esos tres amigos dejaron una enseñaza muy importante. Si los años pasan encontrándote con el invierno, no permitas que se retire el otoño de tu corazón,  aflorando a tu memoria aquellas lindas primaveras.










  



lunes, 5 de noviembre de 2012

AMIGOS


 Seguramente muchos de aquellos que visitan este blog, han entrado por casualidad, otros por curiosidad y el resto porque desean conocer y les gusta el material publicado. Las distancias no son distancias cuando tenemos esta posibilidad de comunicarnos. La palabra del lector, es importante para un escritor aficionado, que pone lo mejor de sí en cada trabajo. Es por eso que a todos los considero AMIGOS, pero a su vez desearía conocer sus nombres, donde viven y si realmente están de acuerdo con lo publicado. Les pido que me escriban a mi correo personal: marsant@adinet.com.uy
  Que bueno es tener la palabra de ustedes, mis queridos lectores. Espero sus comentarios. Muchas gracias.

martes, 7 de agosto de 2012

HISTORIA DE LA FAMILIA GADEA

  A todos quiero informarles que tengo editado en soporte digital, la historia de la familia GADEA. Para adquirir el CD se deben comunicar a mi correo personal: marsant@adinet.com.uy o mi celular 099534024 para confirmar la compra. Si el interesado es uruguayo el costo es de $ 120.- más un flete de $ 50.- que lo puede girar por ABITAB. Si el interesado no es uruguayo o se encuentra en el extranjero el costo es de U$S 14.- incluído el flete, que lo puede girar por Western Unión a mi nombre.-

domingo, 1 de julio de 2012

AQUELLOS JUEGOS INFANTILES


      Lejos pero aún en mi memoria, tengo grabado los juegos de mi niñez. Qué manera de correr atrás del aro, sin perder el equilibrio para no sentirse humillado. Mi querido camión de madera, donde trasladaba las pequeñas bolsas de trigo, confeccionadas por mi madre. En aquellas tardes soleadas luego del horario escolar, a jugar a los vaqueros o al escondite.
   La improvisada cancha de bochas, en el fondo de mi casa, hacía un reencuentro de todos los amigos, y compañeros de clase.
   No había ganadores ni perdedores, éramos amigos. Con aquella pelota de cuero jugábamos en la calle, teniendo precaución de no ser observados por un guardia civil.
   El juego de la bolita era la atracción de niños del barrio, y de los que pasaban circunstancialmente. El juego de la troya, con bolitas de atractivos colores y la más codiciada la verde esmeralda, que traía la botella de chinchibirre, que se rompía para hacerse del preciado bolón.-
   Los álbumes de colecciones de figuritas, que generalmente se cambiaban las repetidas en el recreo de la escuela.
  Lógicamente muchas veces en el juego de la tapada, se podía recuperar alguna nueva.
   Los más habilidosos jugaban con el trompo, rodeados por los niños que curiosamente trataban de aprender.
   Muchas veces nos juntábamos un grupo de los de buena puntería, que junto con la honda o gomera, nos íbamos a un monte cercano.
    La competencia con la pandorga o barrilete, se lograba en aquellos días que la brisa nos permitía que se elevara lo más alto posible, el cometa que con tanto esmero habíamos fabricado.-
    Las niñas del barrio tenían también sus juegos, como: saltar la cuerda, la rayuela o algunas llevaban entre sus brazos la muñeca que los últimos reyes le habían dejado.
    Pero un juego de todos era la manganeta o payana, que tirados en el piso muchas veces no escuchábamos la campanilla del final deL recreo, o el llamado insistente de nuestra madre.
   El paraíso frondoso del vecino de la esquina, se estaba quedando sin hojas, al ser trepado por  los más bandidos.
   El monopatín era la figura más codiciada, ya que en el barrio eran pocos los favorecidos. ¡No importaba! Aquel monopatín de color verde se compartía en los horarios de juegos.
   Pero se acercaban las noches de San Juan y San Pedro. Con que poco éramos felices al ver quemarse un montón de pasto seco, guardado para esa ocasión, o una luminaria fabricada con un tarro en desuso, grasa vieja y una mecha.
  Aquellos 24 de junio los esperábamos  ansiosos a los judas del barrio, que seguramente serían como todos los años  una atracción. ¡La bomba de la cabeza!.
  Los rompecabezas, el caracambio, el ludo, los libros de cuentos, y otros entretenimientos de aquella infancia, hoy perdidos en el tiempo.
 
  

martes, 29 de mayo de 2012

DOÑA TUCA

   Quién no conocía en el barrio aquella agradable y servicial vecina. Casa modesta, de puertas bajas y ventanas pequeñas, y como mimetizando el lugar pintada de color verde. Ubicada en una esquina de la manzana, solía ser la vivienda más visitada.
    Su carácter bonachón, de mirada tierna, con un simpático ¡Adelante!, hacía que sus visitantes ya se sintieran mejor cuando pasaban el umbral de la puerta de calle.
   Un empacho, un dolor de muelas, una terrible jaqueca, y porque no el mal de ojo, eran las consultas mas solicitadas.
   Nunca aceptaba dinero, solamente un humilde regalo de ocasión. Un pan casero, una caja con huevos frescos, o un simplemente ¡Muchas gracias!,
  Con la paciencia que los años le habían asignado, tomaba su característica “tira” y comenzaba la tradicional ceremonia.
   “Hay por Dios, mire hasta donde le llega la medida, es un gran empacho”.
  “Son tres curas, me lo debe traer nuevamente mañana y me lo tiene livianito de comida”.
  Así fue durante muchos años, visita tras visita, sin una queja, jamás una mala cara. Pero la vida también hizo mella en su salud, y un día nos quedamos sin Doña Tuca.
  Se había ido una referente del barrio, ya todo era diferente. La casa vacía, mudo testigo de tantos favores.
  Los tiempos han cambiado, y aquella tira mágica, con las palabras sagradas de un ser especial, fueron sustituidas por pastillas, análisis y adelantados equipos de investigación.
  Pero aquel calor humano y la esperanzada palabra de aquella adorable anciana, no se puede olvidar.

UN DESCANSO EN EL CAMINO (Obra teatral corta)


PERSONAJES: 
1.      Narrador-voz en off
2.      Artigas
3.      Nicolás Ruiz
4.      Felipe Benítez
5.      Juan Pablo Ocampo
6.      José Casal
7.      Josefa Paredes
8.      Narcisa Vicuda
9.      Isabel Márquez
10. María Domínguez
11. Fermina Ruiz

Este grupo de personajes se integraba de la siguiente manera:
·        Juan Pablo Ocampo casado con Josefa Ibarra, un carruaje, 3 hijos y una esclava
·        José Casal casado con Josefa Paredes, un carruaje y un hijo.
·        Narcisa Vicuda, casada con José De Castro, 3 carruajes y una esclara.
·        Nicolás Ruiz, casado con Juana Siva, 1 hijo.
·        Felipe Benítez, viudo, un carruaje y dos hijos.
·        Isabel Sánchez, sola con un hijo.
·        María Domínguez, viuda.
·        Fermina Ruiz, casada con Pedro Aguilar, 2 carruajes y 3 hijos.

SOBRE EL MONTAJE
 La obra se debe desarrollar junto a un fogón en el campo, una parrilla, bancos traídos por los mismos paisanos, donde se sientan junto al fogón. Demostrar que la escena es de noche, y el mate  se sirve con una caldera de lata.

SOBRE EL VESTUARIO
Vestimenta adecuada a la época: octubre de 1811.
Mujeres: Sombrero en la cabeza, cubiertas con el poncho o capa americana (una tela con un agujero en el centro por donde se pasa la cabeza y cae en largos y graciosos pliegues, desde los hombros hasta el anca del caballo.
Hombres: Se cubrían a medias: una vincha  o lienzo blanco, atado a la frente, les retiene los cabellos como un vendaje, que les da un aspecto de fieros convalecientes; una camisa de lienzo les cubre el cuerpo; un pedazo de jega o de bayeta de color, ceñido a la cintura, el chiripá les envuelve los muslos, dejando libres las piernas, desnudas, o defendidas por una especie de guante de pies de caballo sobada, la bota de potro, que no envuelve los dedos, agarrados al estribo; en la cintura llevan ceñidas las boleadoras, y atravesado a la espalda el cuchillo.

TEMAS MUSICALES
 Los temas para escuchar en la obra deben ser cielitos y vidalas.-
  Antes de la introducción, se oye una música suave
  En los silencios de parlamento, una música suave.

INTRODUCCIÓN-
 - Narrador -Aquel camino sinuoso y pedregoso de la Banda Oriental, se vio desbordado por los fieles paisanos, mujeres, niños, mulatos y negros esclavos, que los unía un solo ideal: “seguir al general”.
 El norte marcaba su derrotero, sin importarles dejar atrás su querido terruño.
 Habían pasado algunos días de duras jornadas, cuando aquel domingo 3 de noviembre de 1811, acampan en las puntas del arroyo Cololó.
 Fogones y guitarreadas acortan la noche de aquel diversificado grupo de valientes, seguidores del Jefe de los Orientales.
  El campamento era grande y unido. Junto a los fogones el cansancio menguaba y las familias se unían para conocerse mejor.
  En uno de ellos estaba Artigas, rodeado de paisanos admiradores, que lo observaban con respeto, pero firme en sus convicciones.
  El silencio duró pocos minutos, y el diálogo se hizo fluido, ameno y lleno de nostalgias.
  Como no podía ser de otra manera, Artigas vuelca su curiosidad entre los que lo rodean:
PLANTEAMIENTO DE LA ESCENA INICIAL

-          Artigas sentado junto al fogón observa a Nicolás Ruiz preparando la parrilla, para asar el carnero. Comienzan a llegar algunas familias paisanas a saludar al Jefe de los Orientales, y hacer rueda junto al fogón, a la espera del sabroso carnero asado; en esos momentos llega Juan Pablo Ocampo.

   Juan Pablo Ocampo – Buenas noches mi general. Soy Juan Pablo Ocampo para servirlo, y vengo con mi esposa Josefa Ibarra, me acompañan tres hijos, y una esclava
   Artigas – Bravo mi aguerrido paisano, porqué no se quedo en su rancho, el viaje es peligroso, y no tenemos soldados suficientes para que los defiendan.
   Juan Pablo Ocampo - ¡De ninguna manera!, vuestra lucha es la nuestra.

-          Casi enseguida llega José Casal, que había escuchado en parte el diálogo anterior-

    José Casal – Lo mismo que mi compatriota Ocampo, continuaremos a su lado; soy José Casal y viajamos en un carruaje mi esposa Josefa Paredes y nuestro hijo.
     Artigas – Me llena de orgullo mi compaisano, que haya elegido mi protección, y abandonara su querida querencia.
Josefa Paredes – Los orgullos somos nosotros, poder estar al lado del Jefe de los Orientales.

-          Cada uno que llegaba tomaba un lugar junto al fogón. Con su característica de paisana aguerrida, y su sombrero en la mano, llega María Domínguez, que le extiende su mano y le dice:

   María Domínguez – Soy María Domínguez, viuda, viajo sola y estoy para   servirlo a Ud. y a los compatriotas que necesiten de mis servicios.
  Artigas – Su coraje de paisana oriental, es un ejemplo para mi pueblo; (breve pausa) seguramente mis dos hermanas que me acompañan, fijarán sus pautas.

-          Narcisa Vicuda  cubierta con su poncho, llega también al fogón.

    Narcisa Vicuda – No quisiera interrumpir vuestra conversación, pero soy Narcisa Vicuda, viajamos con mi esposo José de Castro, una esclava y son de nuestra propiedad dos carros cubiertos de cuero, y una carreta que ha venido a los tumbos.
    Artigas – Me asombra que mis fieles paisanos, hayan insistido en este desplazamiento. Les pido que se cuiden (breve pausa), las partidas españolas acosan a mi pueblo.

-          Don Felipe Benítez es un paisano veterano, con vincha atada a su frente, facón en la cintura, y el pucho no se le cae de su boca.

    Felipe Benítez – Como no iba a estar a su lado mi general, si siempre he luchado por su causa. ¡Perdón! soy Felipe Benítez tengo setenta años, viudo, me acompañan dos hijos, y viajamos en un carro destechado.
    Artigas – No es justo que a su edad Don Felipe, esté dispuesto a este sacrificio. ¡Porqué no regresa a su rancho!
    Felipe Benítez – La patria nos necesita mi general, y no podemos permitir entregar nuestras tierras.

-          Isabel Márquez y Fermina Ruiz llegan juntas. Isabel viaja en uno de los carruajes de Fermina, y ha nacido una amistad.

   Isabel Márquez – Mi general, soy Isabel Sánchez, viajo sola con mi hijo, y la familia de Don Pedro Aguilar y Fermina Ruiz, me permiten viajar en su carruaje.
   Fermina Ruiz – Don José, esperaba este momento de encuentro, soy Fermina Ruiz, viajamos con mi esposo Pedro Aguilar, nos acompañan tres hijos, y pudimos acondicionar dos carros cubiertos de cuero.
Artigas – Las familias paisanas se van incorporando a esta marcha. Uds. son parte de ellas, y es mi obligación protegerlas.

      Narrador- La rueda junto al fogón se hizo compacta, cada uno de los paisanos incorpora sus experiencias, con voz pausada, pero llena de nostalgia. Al ver Artigas el sacrificio de sus compatriotas, les dice:

   Artigas – “Mis fieles paisanos. El camino será largo, dificultoso y lleno de peligros; ¿están dispuestos a enfrentar ese desafío?

   Todos contestan:
               “¡Junto a Ud. siempre nuestro general!”

   Narrador -El fogonero Nicolás Ruiz, arrimaba brasas a la parrilla donde el carnero se asaba a fuego lento.-

    Artigas – No apure ese asado Nicolás que la noche es larga, y quiero disfrutar de un diálogo ameno con mis compaisanos.
 Nicolás Ruiz – No se preocupe mi general, que no habrá quejas de los que se acerquen a este fogón, mi esposa Juana busca más leña en el monte.
  
 Narrador -El respeto por la presencia de su jefe, muchas veces dejaba sin palabras a los aguerridos paisanos.
 
  Nicolás Ruiz – Todos han presentado a su familia, y yo haré lo propio.
  Artigas – Hable buen amigo, no me descuide el asado, que los perros hambrientos pueden hacer de él, su presa.
  Nicolás Ruiz – Vengo con mi esposa Juana Silva y mi hijo, traje tres caballos, que son los que nos trasladan, y nos sigue sin perder la huella, nuestro perro.
  Felipe Benítez – “Yo le dije a Nicolás que como buen vecino que somos, mi carruaje estaba a su disposición; sólo viajan conmigo dos hijos, que tienen sus propios caballos.”
  Nicolás Ruiz – “Este tranquilo Don Felipe que seguramente Juana será quien lo use, y dejará en él algo de ropa.”
   José Casal – Está pensativa Narcisa, ¿piensa en el rancho?
   Narcisa Vicuda - ¡De ninguna manera!, eso ya quedó atrás. Estoy preocupada por mi criada, la “negra Tomasa”, que viene un poco enferma.
   Juan Pablo Ocampo – Que se haga curar con Doña María Domínguez, que tiene mano santa para el empacho.
    Narcisa Vicuda – La pobre quedó acostada en uno de los carruajes, y mi esposo José, se da una vuelta por ella.

   Narrador – Doña María sale rumbo a la carreta de Narcisa, y a los pocos minutos vuelve a la rueda.

      María Domínguez – Quédese tranquila Narcisa, lo de la “negra” es solo un empacho, y pronto se pondrá bien.-
      Narcisa Vicuda – Muchas gracias doña María.
     José Casal - ¿Cómo dijo que se llamaba su esposo, doña Narcisa?
     Narcisa Vicuda – El es José De Castro, aquel petiso que conversa con Doña Josefa Ibarra, la esposa de Juan Pablo.

Narrador  Doña Fermina Ruiz, trata de encontrar entre sus pertenencias, el facón, para comer un trozo de asado.

   Fermina Ruiz - ¡Parece mentira este Pedro! me llevó el facón y no tendré para echar un tajo.
   Juan Pablo Ocampo – No se preocupe doña Fermina, mis hijos le van a prestar uno, entre ellos se arreglan.-
   Fermina Ruiz  Es un despistado, seguramente los dejó en el carruaje, y no tengo ganas de caminar a buscarlo. 
 
    Narrador – Entre tanto Artigas escuchaba los comentarios de sus paisanos, y con voz pausada les dice:


    Artigas – Debemos mantener la calma, el camino es duro, largo y encontraremos muchas dificultades que deberemos afrontar. Unidos saldremos adelante y llegaremos a destino.
    Isabel Márquez – A lo lejos dejé mi rancho, sólo me acompaña un hijo, y las pocas pertenencias que pude traer.
    María Domínguez - ¡Lo mismo me pasa a mí doña Isabel!, con la diferencia que soy viuda, y vine sola.-
    Narcisa Vicuda - ¿Doña María, me curará a mi pobre “negra”?, la necesito fuerte para continuar la marcha.
   María Domínguez - ¡Con mucho gusto, estoy para servirlo a Ud. y al que lo necesite!
   Felipe Benítez – Traje esta botella de caña, que me regaló el pulpero, para compartir con Uds. Échele un trago mi general.
  Artigas  - Compartir es sinónimo de unidad. Sirva al resto, que yo me guardo para el final.

Narrador Nicolás seguía arrimando brasas a la parrilla, sintiéndose el chirriar de la grasa del asado.- Josefa Paredes la esposa de José Casal, acomoda su sombrero que había sido castigado con una rama de espinillo.

  Josefa Paredes – Es inútil hay que mirar por donde se camina, porque cuando uno menos lo espera, lo atrapa el enemigo.-
   María Domínguez – Que yo sepa doña Josefa, no hemos visto ningún cuatrero.
  Josefa Paredes - ¡No doña María!, enemigo le digo a la rama de espinillo que me atrapó el sombrero.
  María Domínguez – Me deja más tranquila.
  Fermina Ruiz – Cuando mi esposo Pedro, trajo la noticia al rancho que había que dejar todo, y seguir al jefe Artigas no dudé en aceptar su valentía.

  Narrador – Artigas escuchaba con atención las confesiones de sus criollos. Cada uno a su medida, y prevaleciendo la desigualdad de esa sociedad,  contaban la decisión de acompañar al caudillo.

   Isabel Márquez – En realidad dejé a mis patrones de la estancia; le dije a mi hijo que juntara la ropa que pudiera, y sin pensar en nosotros, tomé la decisión.
   Nicolás Ruiz – Creo que en pocos minutos más, el asado estará pronto, pero debo traer leña.

   Narrador – Deja por unos minutos la parrilla y se traslada a pocos metros, que su esposa Juan Silva, le había dejada la leña.

   María Domínguez – ¡Menos mal don Nicolás!, porque mi estómago no recibía alimento desde muy temprano.  
   Felipe Benítez – A mi finada, le gustaba el cordero jugoso, y siempre le hacía el gusto.
 
  Narrador – Los comentarios eran pausados, en voz baja, respetándose cada uno, y sin discusiones innecesarias.
  
   José Casal – Seguramente mi modesta pulpería, quedó en silencio.
   María Domínguez - ¿Por qué en silencio don José?
   José Casal – Todas las tardes el payador Segundino Ramírez, llegaba con su guitarra, y tenían un contrapunto con Maleficio González.
    Juan Pablo Ocampo - ¡Perdón don José! pero ese tal Maleficio, fue el matador del pardo Ramón.
   José Casal – Es verdad, pero ahora está suelto, y parece ser un buen hombre.
    Artigas – No debemos juzgar a los hombres por un hecho aislado, habrá que conocer muy bien el motivo, de su feroz agresión.
    Josefa Paredes – Tiene razón el general. Tengo entendido que el pardo Ramón era un mercenario de Rivera, y entre ellos había pica por hechos acontecidos en la frontera con los portugueses.-
     María Domínguez- ¡Esta Josefa! Se conoce todas las disputas de los aguerridos criollos.

  Narrador – Mirando hacia el horizonte, se veían recortadas las figuras de las carretas, que esperaban el nacimiento del día, para continuar camino.

   Narcisa  Vicuda – Tendría que ver como marcha mi “negra” después de la cura de doña María.
   Fermina Ruiz  La acompaño Narcisa, está un poco oscuro para aquel lado.

   Narrador – Al poco rato Narcisa y Fermina, regresan al fogón. Un breve silencio se apodera del campamento, al recibir la alarma que una víbora anda cerca de los caballos.-

  Artigas  - Que vaya el negro Pascual, que es ducho con la lanza, y seguramente se hará cargo ligeramente del animal.

  Felipe Benítez – ¡Pasó la preocupación mi general!, como Ud. dijo, el negro Pascual, con un golpe certero mató la víbora.
  María Domínguez – ¡Que horrible, si se gana dentro del carruaje!
 
Narrador – Muchas familias indígenas acompañaban esta caravana. Conocedores de nuestra campaña, apoyaban la marcha, y recomendaban los mejores pasos.
 
María Domínguez – Don Nicolás, demora mucho el asado. Estoy algo cansada y deseo dormir.
Nicolás Ruiz – Le pido unos minutos más doña María,  después del general, Ud. tendrá su trozo.
Artigas – No hay apuro Nicolás, que cada uno corte su parte, y si alcanza buscaré la mía.

-          Cada uno tomó su porción de asado, y en silencio disfrutaba de aquel sabroso carnero.