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viernes, 9 de noviembre de 2012

LA LLEGADA DEL INVIERNO

     Era costumbre que tres amigos de toda una vida, se reunieran en el café de la esquina a conversar de la vida cotidiana, del tiempo, de sus vecinos y por qué no, de sus familiares.
   Este día el tema fue diferente, y surgen los recuerdos que cada uno de ellos expresa con total claridad y franqueza.
    Doña Jacinta es la dueña del café, una simpática y robusta veterana, viuda y sin hijos. Su hermana Petrona la ayuda en la limpieza y algunas veces prepara unos exquisitos pasteles fritos, que se ofrecen para la venta a los parroquianos del café. Como olvidarse de la abuela Pepa, como lo llaman los asiduos visitantes del café de Jacinta. Todos los días casi a la misma hora, llega a comprar su botellita de vino.
  Aquellos amigos inseparables eran: Don Antonio, retirado de la profesión de carpintero, con sus 75 años bien llevados. Juan había trabajado durante más de cuarenta años como sepulturero en el cementerio local, cumpliría muy pronto sus setenta y siete años; y finalmente José el más veterano de los tres tenía setenta y ocho años, había trabajado toda vida  como peón de albañil.
   Doña Jacinta los llama el trío de oro. Su clásica reunión la hacen todos los días entre las once de la mañana y las dos de la tarde. En una mesa de madera cuadrada, ubicada al lado de la ventana, allí están ellos. El mostrador es corto, pero en él está ubicada la máquina de hacer café, la bandeja de los pasteles tapados con una servilleta de color rojo, y en la otra punta como esperando su clientela Doña Jacinta. En una de las paredes un retrato del zorzal criollo Carlitos Gardel, y en la otra un retrato al carbón del padre de Jacinta.
   Es la hora señalada y el primero que llega es José:
José – Buenos días, Doña Jacinta
Doña Jacinta – Buenos días Don José
José – Parece que hoy tendremos un día caluroso…bueno estamos entrando en el verano.
Doña Jacinta – Tiene Ud. razón, ya los días son mas largos.

   En esos momentos Doña Petrona llega con pasteles recién hechos.
Doña Petrona – Buenos días Don José, ¡gusta un pastelito! Están recién fritos, y hoy anduve con buena mano.
José – Los tendré en cuenta, para cuando vengas los amigos. Esos picarones hoy se me han dormido.
Doña Petrona – No lo crea, en estos momentos llega Antonio.   
Antonio – Buenos días Jacinta, Petrona y al madrugador de José
Doña Jacinta – Sean buenas también para Ud. Antonio, ya lo espera en vuestra mesa Don José.
   Lógicamente que el más remolón de todos los días se hizo esperar, pero por fin llegó.

Juan – Hola, hola ¿Me esperaban? O simplemente hacían tiempo.
Antonio – No te hagas el distraído, que no estamos en el cementerio. Siéntate que tenemos pasteles recién hechos por Petrona.

  Aquella mesa es una postal de antaño, conjugando diferentes estilos de vidas y de profesiones. Juan fuma su puro, mientras que José y Antonio arman su cigarrito.

Juan - ¿Vieron quién murió? Vicente, aquel viejo que vendía leña, y que vivía en una casita pequeña, junto al río. 
José - ¡Qué raro! Cuando no te ibas a pasar una necrológica. Olvídate de tu pasado, y vive el presente.
Juan – Eso es imposible. Son muchos años haciendo el mismo trabajo. Escuchando llantos y lamentos, tratando de evadirme del sufrimiento ajeno, pero era imposible.
Antonio – Aquello quedó en tu recuerdo, debes pensar que era tu trabajo, y como tal debías hacerlo.
Juan – Tienes razón. No es fácil borrar cuarenta años de lucha diaria. Al final se te hace carne cada momento, cada situación.
José - ¿Por qué no nos hablas mas vale de tu niñez? Pensamos que será más alegre que tu trabajo en el cementerio.
Juan – Es verdad. Pero antes quiero hacerle acordar a Antonio, cuando se nos desarmó aquel cajón, y él tuvo que ir con sus herramientas, a solucionar esa emergencia.
Antonio - ¡No me hagas acordar! Creo que fue el día más triste de mi vida… dejémoslo en el recuerdo.
   Había que cortar el tema, y Doña Jacinta los invita con una botellita del vino reservado que lo sacaba en algunas ocasiones.
Doña Jacinta – Bueno, Bueno. Brindemos por este día lindo que tenemos, y por la llegada de las golondrinas, que nos visitan en nuestros tejados.
José – ¿Vieron que linda le está quedando la casa a Matías? El constructor es el hijo de mi antiguo patrón.

   Doña Petrona que todavía andaba en la vuelta, mete la cuchara:

 Doña Petrona – A mi me parece, que la ventada de la izquierda, está un poco torcida.
 José - ¡Imposible Doña Petrona! Ese muchacho es muy bueno en el oficio, y no permitiría que algo quedara mal.
 Doña Petrona - ¡Ud. pase y vea! Mañana me dice.
José – Estas mujeres, no saben nada de albañilería, me lo van a decir a mí, que trabajé toda mi vida en eso.
Antonio – Bueno José, ella solamente hizo un comentario.
José - ¡Que años aquellos! Trabajábamos de sol a sol, y los compañeros eran una familia. ¡Ahora! Andan todos peleados, y están esperando la hora, para largar la cuchara.

    Juan se mantenía en silencio, talvez sintiéndose culpable del tema inicial. Claro los demás amigos sabían que tan arraigado tenía esas anécdotas, que en cualquier oportunidad las expresaba. Había necesidad de sacarlo de esa situación:

Antonio – ¿Te acuerdas Juan el día que nos conocimos? Sólo teníamos los años justos, para usar los pantalones largos.
Juan - ¡Como no me voy acordar! Ese día era el cumpleaños de mi madre y los lucí con tanto orgullo, que no me los quería sacar para acostarme.
José - ¡Dime Juan! No fue con esos mismos pantalones que entramos colados al baile de la renga Josefa.
Juan – ¡Por supuesto! Era mi mayor orgullo.

   En esos momentos llega como todos los días la abuela Pepa.
Abuela Pepa – Buenas a todos. Que tal Doña Jacinta, tiene pronto mi vinito.
Doña Jacinta - ¡Por supuesto Pepa! Está pronto como siempre.
Abuela Pepa – Hola Antonio ¿No me harías un favor?
Antonio – Con mucho gusto ¿Qué anda precisando?
Abuela Pepa – Ud. sabrá que la puerta de mi ropero le cuesta cerrar, ¿no se anima a echarle un vistazo? Lo esperaré con torta de chocolate, que me han dicho que es su preferida.
Antonio – Por favor Pepa, lo haré sin ningún interés. En horas de la tarde estaré por su casa.
Abuela Pepa - ¡Ah, me olvidaba! ¿Podrás José arreglarme la canilla del baño? Debe ser una pavadita.
José - ¡Por supuesto! Mañana temprano estaré por su casa. Hoy no tengo las herramientas que me las pidió prestada un vecino.
Abuela Pepa – ¡Adiós Juan!, no te olvides de mi pobre gato, está por fallecer, y tu eres la persona indicaba para enterrarlo en el fondo de mi patio.

   Juan que todavía no podía recuperarse de su disertación inicial, no le contesta nada.

Abuela Pepa – Hasta mañana Doña Jacinta, saludos a su hermana Petrona
Doña Jacinta – Serán dados con mucho gusto, que tenga Ud. un buen día.

  Llega a la puerta y se vuelve:

Doña Pepa – Les quería comentar que la vecina que vive al lado de mi casa, tiene un marido nuevo. Parece que es un ricachón que trabaja en el negocio del cigarro. En fin, yo les comentaba no más. Ah, por lo menos la vi., con vestido nuevo.
Doña Jacinta – Gracias por el comentario Doña Pepa, ¡no sabíamos nada!

   Ahora si se retira definitivamente, llevando debajo de su brazo derecho la botellita de vino.
Juan - ¡Que vieja chusma! Que le importa como viven, o hacen los vecinos. Cada uno de su vida hace lo que quiere.
    
              Un breve silencio, y se reanuda la charla.

José – Están muy ricos los pasteles Doña Jacinta, nos puede traer otra bandeja. En realidad esto me hace acordar al cumpleaños de mi tío Ricardo. Pasamos toda la noche a pasteles y vino. ¡Pero pasamos tan lindo! Ya no se hacen más esos festejos familiares.
Antonio - ¡Es verdad! Ahora pura musiquita y nada de morfi. Recuerdo cuando era niño el cumpleaños con mis compañeritos del barrio. ¡Esos si que eran cumpleaños!
Juan – Recuerdo mi primera pelota de fútbol. Mis bolitas de colores, y cuando había alguna brisa, las cometas.
Doña Jacinta – Bueno, bueno, yo también fui niña y tuve mi muñeca de trapo. ¡Qué felices que éramos con tan poco! Hoy todo ha cambiado.
José – No se me ponga pachucha Doña Jacinta, ¿Ud. se olvida los años que tiene?
Doña Jacinta – No sea impertinente José, respete a una dama.

   Los recuerdos habían invadido el café de Doña Jacinta, las nostalgias de un tiempo pasado, y la vida que se les escapaba.

  Antonio – Ya que Jacinta trajo los recuerdos de las muñecas, mi hermana, la finadita Tota, tenía una de ojos celestes, cabellos rubios y un vestidito de seda. ¡Que nadie se la tocara! ¡Se ponía de mala!
  Juan – Aquella noche cuando nos casamos con Florencia,  teníamos el mundo a nuestros pies. Claro ¡éramos tan jóvenes! Yo pensaba que toda la vida, iba ser igual. Que aquella fuerza de juventud, la tendría siempre…pero ahora….
 José - ¡No te amargues! Yo soy el mayor de los tres, y aún conservo los recuerdos de mis años mozos. ¡Pueden creer que conservo mi primera corbata! La vida no me dio hijos, pero tengo sobrinos. ¡En fin, no es lo mismo!

   En esos momentos regresa Petrona al café, con una escoba y pala.
Doña Petrona – Bueno señores. Con vuestro permiso voy a barrer las migas que hicieron cuando comieron los pasteles.
José – No se enoje Petrona, si rezonga se va a poner más vieja.
Doña Petrona - ¡Pero Uds. también!
Doña Jacinta - ¡Eso es de todos los días Jacinta! Eso que siempre le doy un plato para cada uno. Se ve que el entusiasmo de la conversación, los pone distraídos para otra cosa.
Antonio - ¡Ah Ud. también se le han volado las primaveras Doña Jacinta! Cada día tiene menos paciencia. Se olvida que hace más de veinte años que venimos todos los días a su café.
Doña Jacinta - ¡Está bien! Ya los siento como de mi familia, y les digo más…los espero con entusiasmo.

   En esos momentos se emociona Jacinta, y disimuladamente con su pañuelo de manos, se limpia las lágrimas. Seguramente cada historia que ellos traen todos los días, hace carne, y muy fuerte en su corazón.

Juan – ¿Les había contado cuando en aquel entierro, se nos ganó un perro en el nicho, y no quería salir?
José – ¡Basta de cuentos de tu cementerio! ese tema se deja para otro momento.
Juan – Lo más curioso que el perro, pertenecía al finado, y tal vez…
Antonio - ¡Que te dijimos Juan, termínala con esos cuentos!
José - ¿Por qué no nos cuenta tu etapa de golero?
Juan - ¡Está bien se las contaré! Era joven, fuerte, y con los reflejos impecables. Nadie me hizo un gol desde afuera del área.
Antonio - ¿Cómo llegaste a golero?
Juan - ¡Me eligieron, era el mejor! Les contaré aquel partido que salimos campeones.
José - ¿Cuándo salieron campeones?
Juan – En aquel verano, que murió el padre Pedro. Él era el golero titular y yo el suplente.
Doña Jacinta – Antonio, por qué no me miras la fiambrera de la despensa, le falta un ajustecito.
Antonio – Con mucho gusto Doña Jacinta, iré por ella.

  Mientras Antonio arreglaba la fiambrera, José y Juan aprovechan para caerle

José - ¿No te parece que Antonio está un poco distraído?
Juan – No solo eso, repite los cuentos.
José – No le digas nada pobre, somos amigos de tantos años.
Juan – Por supuesto, yo enterré a sus padres y lo hice con mucho cariño.

  En pocos minutos vuele Antonio a su asiento.

Antonio – Esta Jacinta, era sólo para fastidiarme, la fiambrera está en perfectas condiciones.
Doña Jacinta – Muchas gracias Antonio, le voy a servir otro vino, que paga la casa.

   Un breve silencio y nuevamente aquellos momentos de lindos recuerdo afloran sobre la mesa.

 José – Les voy a contar el día que me tocó solito bajar cinco mil ladrillos del carro de los Rodríguez.  El carrero se hizo el listo, y se fue a conversar con el capataz.
 Antonio – No mientas José.
José – Se los juro por el finadito de mi padre. Era una primavera lluviosa, y muy ventosa. Pero me sobraban las fuerzas y las ganas para eso y mucho más
Juan - ¿De quién era la construcción?
José – De mi compadre Lorenzo. Un hombre de ley y cumplidor con la peonada.
Juan - ¿No habías comentado la semana pasada, que tu patrón era Rosendo Pereira?
José - ¡Por supuesto!, pero Lorenzo ponía los billetes.
Antonio – Bueno, bueno, me parece que el vino de Doña Jacinta, ya se apoderó de tu memoria.
 Juan – Doña Jacinta, ¿Por qué no nos sirve un café bien cargado? Creo que nos hace falta a todos.
Doña Jacinta – Lo estaba pensando. En unos minutos estoy con Uds.
José - ¿Dime Antonio, que es de la vida de aquella novia, de las trenzas largas?
Antonio – Según me parece, se casó con el almacenero del poblado vecino. ¡Era linda la guacha!
    Doña Jacinta que traía el café entró en la conversación:

Doña Jacinta – ¿Ud. dirá Antonio la que hoy es señora de Toribio Flores?
Antonio - ¡Creo que sí! No la vi más a la pobrecita.
Doña Jacinta - ¿Ud. disculpe que Don Antonio, pero tengo entendido que ella vive en este pueblo, con uno de sus hijos?
Antonio - ¡Tal vez, pero yo no la he visto más! Han pasado tantos años, que sólo me queda un débil recuerdo de su rostro de juventud.
  Nuevamente regresa la abuela Pepa al café, pero esta vez por otros motivos.

Abuela Pepa – Buenas nuevamente. ¿Dime Jacinta no está Petrona? Ella siempre me hace algunas costuritas, y le traigo una falda.
Doña Jacinta – Ya se la llamo Pepa, creo que está en la cocina.
Abuela Pepa - ¿Uds. todavía por acá?
Juan – La tarde es joven aún Pepa. Recién vamos por la tercera botella.
Petrona – Adelante Pepa, que la trae por acá.
Abuela Pepa – Le decía a Jacinta, ¡una costurita!
Petrona - ¡Esta bien! Pase al cuarto y la vemos.

   La rueda de queridos recuerdos continúa.
Antonio – Cada vez que paso por la vieja almacén del turco Abrahán, no puedo creer lo destruida que está. Pensar que cuando yo tenía dieciocho años, le hice parte de su estantería. ¡Qué hombre machete!
Juan – Lógicamente que esté así. Después que murió él, ya hace quince años, esa propiedad quedó sola. Según tengo entendido no tenía familiares.
José – Cuando hizo unos arreglitos en el baño, me mandó a buscar. ¿Tiene razón Antonio le costaba largar los pesitos? Me quería pagar con paquetes de fideos, y al final llegamos a un acuerdo, por un par de zapatos.
Juan – Según mi padre, lo había conocido vendiendo con una canasta.
José – Como les contaba. Ese par de zapatos que me entregó el turco, los estrené en el primer baile, que se hizo en la “Sociedad La Porteña”. Esa noche, conocí a la que fue mi esposa, ¡que felices fuimos con ella! Pensar que la perdí tan pronto…
Antonio – Bueno, bueno José, pero luego te casaste con la hija del verdulero. ¡Esa si que era linda! Anteriormente la coqueteaba el pardo Fernández, pero te eligió a ti.
José - ¿Si yo les contara mis amoríos en mis años de juventud?
Juan – Los conocemos José, los conocemos. ¿No recuerdo si les relaté cuando me estaba haciendo mi primera vivienda? Yo era un tipo pintón, y en aquel barrio las muchachas se sacaban chispas para tener algo conmigo.
Antonio – No seas fanfarrón, si apenas tuviste tres novias, ¡que yo haya conocido por lo menos!
Doña Jacinta – Según una charla personal que tuvimos con Antonio, él me contó una larga y fogosa historia amorosa ¿No es así Antonio?
Antonio – No les haga caso Doña Jacinta. Es por envidia que hablan, ellos jamás vieron el amanecer con una dama.

 La abuela Pepa se despide, y Doña Petrona se queda a charlar un ratito con su hermana Jacinta.

Doña Jacinta - ¿Trío de oro, otra botellita? Miren que tengo un reservado, que Uds. se merecen.
Juan - ¡Está bien Jacinta! Vamos hacer un esfuercito.
José – Si tuviéramos un quesito, hacíamos un picado.
Doña Jacinta – ¡No se preocupen!, Petrona se corre hasta el almacén del gallego Manolo, y tendrán su picadita

  Seguramente entre el vino y el picado de queso, con la galleta criolla de la panadería “Las mejores roscas”, dará motivo para continuar la charla.
  Aquel día parecía especial para aquellos tres amigos, que aunque se reunían todos los días, siempre quedaba un recuerdo pendiente.

Antonio -  ¿Se acuerdan cuando le hice el juego de dormitorio al Pocho Ramírez?
Juan – Esa no la conocíamos. ¿Qué pasó?
Antonio – El juego quedó que era una pinturita. Cuando lo llevan a la casa sentían ruido en el ropero. ¡Nadie se animaba a fijarse que pasaba!
José – ¡Me imagino que sería algún perro que había quedado encerrado!
Antonio – ¡Nada de eso! Cuando abren la puerta del ropero, sale el hijo pequeño de Augusto, ¿Se acuerdan mi ayudante? Seguramente jugando quedó encerrado, y nadie se dio cuenta.
 Juan – Me parece que estás exagerando Antonio. Pero te la vamos aceptar para no malograr tus buenos recuerdos.
José - ¿Quién no conoció a Don Pancho? Él era  compañero de trabajo y encargado de recibir los materiales. Un día había desaparecido de la obra. Lo buscamos por todas partes, y al final del día nos fuimos a nuestras casas.
Antonio - ¿Y dónde estaba?
 José - ¡Ni se imaginan! Cuando regresamos al otro día, sentimos una voz que nos decía: -Aquí estoy,  en el pozo – Este infeliz se había escondido en el pozo negro, y no pudo salir solo.
 
  En esos momentos llega Petrona con el queso y las galletas.

Petrona -  Creo que con esto van a estar conformes, el queso fresco con las galletas recién sacadas del horno, van ser el acompañamiento al vino reserva.
Juan – Recuerdo cuando era joven, mi madre nos hacía un emparedado con queso, dulce de membrillo, entre un pan fresco. 
Antonio – Cuando era aprendiz de carpintero con Don Julián,  su esposa Doña Sara, apenas llegaba más o menos a las siete y treinta, me esperaba con una taza de un sabroso café con leche, acompañado de unas rodajas de pan casero, amasado por ella misma.
José - ¡Qué época aquella cuando tuve de patrón a Don Serafín!  Todos los días nos traía a la obra en construcción,  por las mañanas, bizcochitos calientes de la panadería del gallego Coco.
Petrona – Bueno, bueno, disfruten el menú que tienen hoy, aquello ya es pasado. ¿No ven que el tiempo ha pasado, y sus cabellos peinan canas?
Antonio – ¡Tienes razón Petrona! Los años son los del corazón, y no la fecha de nuestro nacimiento ¿No es cierto muchachos?
José - ¿Ud. Que opina Doña Jacinta?
Doña Jacinta – Creo que todos tienen razón. Lo más importante son los buenos recuerdos, y cuando se pueden compartir mucho mejor.
Petrona – Yo también tengo en mi recuerdo, los años de adolescente. Y cuando vienen a mi memoria, me traen algo de nostalgia.

 En esos momentos entra repentinamente abuela Pepa.

Abuela Pepa - ¿Qué pasa con Uds. Que los veo sumamente sensibles?
Petrona – No les hagas caso. Hoy los recuerdos de sus vidas han aflorado a su memoria, con tanta nitidez que realmente volvieron a su juventud.
José – Somos tres viejos amigos, que sin darnos cuenta pasaron los años sorpresivamente.
Antonio -  ¡Hoy la experiencia nos favorece! ¿No les parece?
Juan -  ¡Por supuesto! Hemos acumulado tesoros en cada uno de nuestros trabajos. En aquellos años nos parecía tan lejano este momento, pero hoy es una realidad.
José – Nosotros hemos visto pasar cada día como si fuera una película nuestras vidas. En corazones hemos grabado a fuego, los momentos más lindos y los más tristes.
Antonio – No pienso renunciar a mi pasado. El me da las fuerzas necesarias para seguir viviendo, seguir encontrándome con Uds. Que en realidad son mi verdadera familia.
Juan - ¡Tienes razón Antonio! Igualmente debemos reconocer que no somos los mismos muchachos que de aquella lucha diaria. ¡Éramos los invencibles!

Jacinta que escuchaba atentamente los diálogos melancólicos de los tres inseparables amigos, decidió participar:

Jacinta - ¡Oigan muchachos! Con el mayor de los respectos. Desde hace varios años, vengo escuchando vuestras historias, algunas graciosas, otras una pesadilla. ¡Claro! Al día siguiente borrón y cuenta nueva.
Abuela Pepa - ¡Tiene razón Jacinta! Para todos han pasado los años, y en el mío particular la bebida me mantiene viva, y me acuesto con la ilusión que al otro día, vendré a visitar a Jacinta
Petrona – Les voy a decir que muchas veces mi reuma no me permite cocinar, pero ilusionada con el encuentro diario, con Uds, con Jacinta y con Pepa, saco fuerzas de donde no las tengo, y preparo mis pastelitos, y aquí estoy.

Aquellas palabras dejaron paralizados a los tres amigos, en aquella mesa de tantos años, de tantos comentarios, algunos reales, otros con fantasías. Quien rompió el silencio fue el más veterano, José.

José – Creo que hoy debemos agradecer el regalo que Dios nos da cada día, y que aún tenemos ilusiones, salud para tomar nuestros vinitos, los pastelitos de Petrona, y la consecuente compañía de Jacinta.
Juan – Aunque no lo crea Pepa, su visita en este lugar se espera con entusiasmo, porque ella es un ejemplo de vida,  y con mucho gusto acudimos a su pedido de trabajos. Nos hace sentirnos vivos y útiles.
Antonio – Bueno, bueno queridos amigos. Creo que el vino habla por nosotros, y él nos hace recordar que atrás quedaron las primaveras, y ahora debemos reconocer que ha llegado el invierno, el otoño palpita en nuestros corazones.

Aquellos amigos se miraron a los ojos, y con un abrazo en común sellaron y juraron seguir juntos hasta que el destino los separe.
Bajo la atenta mirada de Pepa, Jacinta y Petrona comenzaron a reír, se pararon y los tres abrazados se iban retirando del café.

José - ¡Hasta mañana Jacinta, Pepa y  Petrona!
Antonio – Petrona no te olvides de los pastelitos, mañana voy a venir con mucho apetito
Juan - ¡Quédate tranquila Pepa! , si muere tu gato, con mucho gusto lo voy a enterrar.

Esos tres amigos dejaron una enseñaza muy importante. Si los años pasan encontrándote con el invierno, no permitas que se retire el otoño de tu corazón,  aflorando a tu memoria aquellas lindas primaveras.










  



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