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domingo, 31 de octubre de 2010

QUIERO SER PRESIDENTE(1ra. parte)

              En una familia de muy pocos recursos de nuestra sociedad, nació Pancho. Es el hijo menor y el quinto del concubinato de la Chola, con el Pocho. En una modesta vivienda, ubicada en un asentamiento  marginado de la Ciudad, vive esta familia. El Pocho sale todos los días con su carro en busca de una changa, los niños mayores piden una moneda por las calles, y la Chola, trabaja de doméstica, en alguna ocasión.
     Desde muy pequeño Pancho escuchó en su hogar, los comentarios de la marginación, la pobreza, la indiferencia, la supremacía de algunas clases sociales, las presiones del poder.
   Recién cuando tuvo siete años, pudo concurrir a la escuela. Como era tradición en los primeros días de clase, la maestra consultó a cada uno de sus alumnos, que pensaba del futuro de sus vidas, qué actividad u oficio le gustaría desarrollar. Cuando te tocó el turno a Pancho, él respondió: “Quiero ser presidente”. La maestra hacía mucho tiempo que no escuchaba esa respuesta tan contundente, y le contestó: “Para eso Pancho, debes estudiar mucho, para tener la capacidad de dirigir un País”. El niño bajó su cabeza, no expresando ningún comentario.    Pero su estadía duró poco en la escuela. Su padre había enfermado y él debía ayudar a sus hermanos, en las tareas con el carro. Todos los días bien temprano va en busca del caballo, lo ataba al carro, y salía con sus dos hermanos mayores, a hurgar en los residuos domiciliarios, para luego clasificar y hacer un dinero para llevar a su hogar.
   Su padre enfermo continuaba en el hospital, con una penosa enfermedad que lo mantenía alejado de la familia, por mucho tiempo.
   A Pancho le gustaba averiguar y conocer situaciones nuevas. Tenía cortos diálogos con personas mayores, pero en su cabecita grababa a fuego, todas las injusticias y los momentos críticos, que encontraba en su camino. La vida lo había puesto a prueba con solo ocho años.
   Un día pasaba por una casa, y en el patio exterior dos niños jugaban a la pelota. Lo miraron con gesto de repugnancia, toman su pelota y se dirigen a él: “¿Tú quien eres?, “Yo soy Pancho”, ¿Por qué te vistes de esa forma? “Es porque debo trabajar en el carro de mi padre, y además es la única ropa que tengo”. Los niños ricos seguían con curiosidad la presencia de Pancho. ¿No vas a la escuela?, le preguntaron. “No tengo tiempo, debo trabajar” contestó Pancho. El interrogatorio seguía ¿Si no estudias que vas hacer?, la carita de Pancho cambió de expresión y les contestó “Quiero ser Presidente”.
     Una prolongada carcajada de los niños, para  luego entrar a su domicilio.
    Los hermanitos de Pancho, lo esperaban en el carro para seguir el recorrido. Al llegar a su casa, se encuentran que su madre estaba en el hospital.  Su padre estaba muy grave y no quería moverse de su lado. Este es el primer golpe duro que recibe Pancho. Un servicio fúnebre gratis, una sepultura en tierra, unas pocas flores y una inscripción, con su nombre y fecha de fallecimiento.   Esa noche los seis abrazados lloraban en silencio. Mañana la cruel realidad, golpearía nuevamente en el rostro de cada uno de ellos.  Un vecino que conoce la situación de esta familia, se acerca ofreciéndole a Pancho trabajar como mandadero de su almacén.
   Al otro día comenzará su nueva experiencia, llegando muy temprano a la provisión del  tano Ángelo. Este buen hombre se sienta a charlar con su nuevo dependiente.
 – “¿Por qué dejaste la escuela Pancho?
 – “Tengo que trabajar todo el día”
 – “Debes aprender a leer y escribir”
 – “Para que”
 – “Bueno, la vida cada día es mas exigente, y te pone a prueba. ¿Has pensado en  tu futuro?
   Nuevamente tu rostro cambia ante la pregunta de Don Ángelo y le responde: “Lo tengo decidido, Quiero ser Presidente”
 – “Bueno cada chico pone en la primera magistratura, la admiración y el respeto que se merece……O no es así”
   El chico baja la cabeza, y no contesta.        El joven mandadero toma una canasta, y comienza el reparto domiciliario a los clientes de la provisión. Comienza a conocer mucha gente, diferentes puntos de vista, personas agradables, otras no tanto, y empieza a ver el mundo con otra óptica. Se da cuenta que muchas actitudes que le parecían perjudiciales en su medio anterior, hoy debía manejarlas y medirlas con otra vara. Ya no es el niño hurgador,  que le tiraban con una bolsa de basura; hoy visita talvez esas misma familias, pero va en hombre de Don Ángelo, el comerciante del barrio.
   Tenía necesidad de aprender los nombres de los productos que repartía, sus marcas, sus contenidos, su procedencia, etc. Por lo tanto comenzó la escuela nocturna. Primer grado, maestra cansada de correr el día entero para llegar a la nocturna, y  muchas veces llegaba de mal humor. No le agradó el ambiente de la clase y solamente lo retuvieron en la escuela seis meses. Pero fue lo suficiente, como para iniciarse en el arte de la lectura.   Los titulares de los diarios, la propaganda frenética del consumo, lo hacían reflexionar por las noches. Su familia no salía de la pobreza, entregando su dignidad a diario.
  Un día cuando llega a su trabajo, el patrón lo llama a un apartado del comercio: “Mira Panchito,…los clientes cada día son más exigentes, y quieren la mercadería lo más rápido posible.”
   – “¿Porque no va al grano Don Ángelo?”
   – “Bueno en realidad ayer se ofreció un chico, que tiene una motocicleta, y me pareció bien contratarlo”
  – “Muy bien, con pocas palabras nos hemos entendido. Me arregla lo que me debe, pero no olvide que yo – Seré Presidente”
   Cada vez más convencido de la injusticia del poder, decide caminar lento por la calle, ordenar sus pensamientos y salir nuevamente a la búsqueda de un nuevo trabajo.    No había caminado más de dos cuadras, cuando en la vereda de una barraca, puede deletrear un pedido de ayudante de mostrador.
    Ingresa a la misma, informándole a quien lo atendió, que venía por el aviso. La primera pregunta fue: “Que edad tienes chico”. Pensó que podría mentir, pero a su vez lo creía deshonesto, y decidió informarle que tenía once años recién cumplidos.
   ¡Imposible! contestó el empleado, debes buscar un trabajo de mandadero.
  Sigue su camino, y en la esquina se pone a observar al  chico, que ofrece diarios. Inmediatamente pensó –“No es tan complicado,  ese chico tendrá mi edad”-.   Se acerca, se presenta y le hace las averiguaciones del caso. “Es sencillo”, le informa el joven canillita, “yo te doy la dirección del distribuidor y tu hablas con él”.

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