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sábado, 30 de octubre de 2010

"RAMONCITO", EL GURÍ DE LOS MANDADOS

          Llegó con apenas ocho años al establecimiento rural de Don Pedro.    Recientemente huérfano, y sin familiares directos para su crianza.        Prácticamente sin ropa, con sus tristes ojitos color marrón, pidió asilo y comida al encargado de la estancia. Sin dudar Don Pedro, le ofreció la hospitalidad de un buen cristiano, cobijándolo en el seno familiar en su cuarto de huéspedes. Difíciles fueron los primeros tiempos para este muchacho, cargado de miedos y sin experiencia de vivir alejado de sus padres. Ahora tenía otra familia, otras costumbres que muy pronto llenaron sus horas de niño travieso. Cazaba pájaros, juntaba los huevos del gallinero, y comenzaba a llevarles la comida a los peones que trabajaban lejos del establecimiento.
      Sus visitas a la cocina de la peonada, las charlas de sus mayores, lo fueron moldeando para enfrentar la vida que tenía por delante.
      Al cariño demostrado por sus nuevos padres de crianza, lo devolvía con dedicación y esmero en todos aquellos trabajos que para su edad le tenían asignado.
     El tiempo vuela y el niño callado que llegó a la estancia cumple doce años. Ese día le regalan un caballo petiso, ilusión que guardaba desde el primer día que llegó. Con su petiso marcha a paso lento al pueblo más cercano a traer comestibles, a llevar y traer la correspondencia, acompañado de un perrito lanudo, que era su mimoso.
      Le enseñaron buenos modales, aprendió a leer y escribir, pasando a ser un integrante más de la familia.
      Aquella noche un pariente visita a la familia. No faltó la pregunta: ¿Quién es Ramoncito? Sin saber Don Pedro, que muy cerca de ellos estaba el muchacho le contestó: “Es el gurí de los mandados” Todo aquel mundo de ilusiones que guardaba en su corazón, se esfumó en un instante. El llanto lo acompañó toda la noche, decidiendo irse de la estancia a primeras horas del día siguiente.         Apenas amaneció Don Pedro que había escuchado el llanto del niño, se acercó a su cuarto y le dijo: “Anoche pensamos con mi esposa, que ya eres un hijo más de nuestra familia. Aunque sigas siendo un gurí, y muchas veces te dedicas a hacer mandados, tú corazón es grande y está lleno de amor.”
  Las palabras de aquel improvisado psicólogo, calaron profundo en los sentimientos del jovencito, que con lágrimas en sus ojos se entregó a los brazos de Don Pedro, jurándose estar juntos hasta que la muerte los separara.  

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