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sábado, 23 de octubre de 2010

UNA NOCHE SIN ESTRELLAS, ¡PERO!

    Todo parecía una pesadilla. Una brisa cargada de negativas partículas, se hacía notar en aquella choza. La luna se esconde detrás de un cerro, y el aullido persistente de un lobo hambriento, se apodera de la oscuridad reinante.
     El pino que siempre dormía, hoy ha despertado sin dar un motivo. Solamente la luz de un farol, que con guapeza de eterno candil, acompaña la lectura de aquel viejo lobo de mar. Cuantas historias maneja su mente, cuando por curiosidad mira por una pequeña ventana, la oscuridad de la noche.
     Debajo de la mesa con la orejas bien alertas, se ubica su fiel perro. Nada indicaba que una tempestad sin lluvia, ni viento ingresaría por la frágil puerta de madera de roble, que lo acompaña desde toda la vida.
  De repente, impetuosamente, un joven mal herido cruza el umbral de la humilde choza. Sin saber que estaba pasando, abandona su lectura, se levanta sorprendido, y se dirige al encuentro del extraño visitante. Sin mediar palabras lo inclina sobre su cama, y va en busca de paños limpios para cubrir la herida.
  Después de un largo rato, la mirada perdida del inesperado joven, se fija en las manos rugosas de aquel pobre viejo. No habla, sólo llora. Aunque su rostro lo dice todo, algo malo le había sucedido aquella noche.
  Aquellas manos sufridas por el tiempo, curan con paciencia las heridas recibidas por aquel desconocido, que hoy es su huésped.  El anciano decide dejarlo descansar en su propia cama.  Un inesperado murciélago ingresa a la habitación, ubicándose en el respaldo de la cama, donde duerme profundamente el enigmático muchacho.
   Esa noche todo era una rara coincidencia. ¿Quién era la persona que ingresó a su choza? ¿Por qué no expresa su delicada situación? La herida en su costado izquierdo no deja de sangrar. Su mirada era tierna, llena de amor, expresando una paz interior.
 

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