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viernes, 24 de diciembre de 2010

LA ANCIANA Y LA NIÑA

       Todos los días cuando Rosario regresaba de la escuela, cruzaba la plaza de su pueblo. Como un elemento más de ese paseo público, se encontraba Doña Angélica sentada en un viejo banco de hierro. La anciana de cabellos blancos, lucía pollera larga, zapatillas de abrigo, junto a un bolsito de cuero muy deteriorado.  Su mirada perdida, talvez en un recuerdo querido que hoy ya no está. Cuando Rosario pasaba junto a ella, la observaba en silencio, pero con la curiosidad del niño por lo desconocido.
    Uno de esos días decide detenerse para hacerle algunas preguntas. Los ojos de la anciana continuaban en la búsqueda de aquella figura perdida en el infinito, que posiblemente jamás encontrará.
  “- Buenos tardes señora, ¿Cómo se llama? Los reflejos un poco lentos de la anciana, jugaron con la acelerada inquietud de un niño. ¿A dónde vives, tienes familia? Girando lentamente su cabeza mira detenidamente a la niña, respondiéndole: “Tú eres la pequeña que pasa todos los días, y no me saluda” “Mi nombre es Angélica”. ¿Qué quieres?
 La niña sumamente sorprendida por las palabras de la anciana, decide continuar su camino.
   Pero el inquieto bichito de la curiosidad quedó latente en Rosario. Al otro día nuevamente se detiene, pero ya decidida a escuchar algo más de la extraña anciana. “Buenas tardes señora Angélica, ¿como está Ud?.”  Sorprendida por una galantería poco común hacia su persona, la invita a sentarse con ella.
   “Me dijiste que te llamas Rosario”. “¿Que raro una niña preocupada por una vieja?.” La niña buscaba en su mente las palabras justas para comenzar un diálogo amable. “No estoy de acuerdo con la palabra vieja” indica la niña, “como yo no tuve la dicha de conocer a mi abuela, me pareció ver en Ud. la persona indicada para representarla”.
   El rostro de aquella mujer seguía rígido, y su expresión indicaba desconfianza. La niña nuevamente busca respuestas a todas las dudas, que había acumulado durante tanto tiempo. ¿Dónde vives Angélica? ¿Tienes familia? –“¿Tú crees niña, que si yo tuviera familia me encontrarías todos los días sentada en este banco?”. “Estaría con ellos disfrutando de su cariño, de sus caricias, de sus besos, en fin, lo que se recibe cuando hay una verdadera familia”
    Esas pocas y sinceras palabras quebraron a la niña, que lloró en el hombro de esa abuela imaginaria. Un nudo en su garganta le impedía expresar lo que su corazón le decía. Le dio un beso y partió a su domicilio. En su casa guardaba en secreto el encuentro con la anciana de la plaza. La madre la regañaba por la demora, teniendo siempre la excusa justa para la ocasión.
   Los encuentros seguían a diario, las charlas eran más extensas, tejiendo una amistad sincera y de corazones abiertos.
   Una tarde la anciana le dijo: “Te he traído un recuerdo de mi niñez que atesoraba entre mis pocas pertenencias”. De su bolso de cuero retira una muñeca, con cabeza de loza, y un vestido largo de color indefinido. “A partir de ahora será tuya, y espero que la cuides como yo lo hice durante tantos años”.
    Con sus manos temblorosas la niña toma la muñeca, le da un beso, la observada detenidamente y le expresa: “Nunca he tenido un juguete que guarde en su interior tanto amor”. “Gracias abuela, la voy a llamar así si tu me lo permites “Ángela”, porque nombrándola a ella, te recordaré a ti”
      No fue fácil el momento para la anciana, encontrar esta dulce niña, que sin ningún interés se acercó a ella, brindándole un amor sano, sin especulaciones y sin mezquinos intereses.
    Los encuentros continuaron todos los días, a la misma hora y en el mismo banco. Un día no estaba la abuela, y en su lugar se encontraba un libro escolar de tercer año. Dentro del mismo, una breve esquela: “Rosario, este libro también es para ti. Los caminos de la vida son difíciles de transitar, pero tu encuentro fue lo más hermoso que me había pasado. Dios me dio la bendición de conocer un ángel, que seguramente le habló de mí. Hoy vino mi hijo que estaba en el extranjero, y me lleva con él. Que Dios te bendiga, Angélica”.
    Esa niña atesoró por muchos años la muñeca  y el libro, recordando en sus oraciones, a aquella abuela que conoció accidentalmente y que hoy guarda en un lugar muy preferencial de su corazón.
  

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