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martes, 28 de diciembre de 2010

¡QUÉ ILUSIÓN LOS REYES MAGOS!

Como recuerdo con nostalgia, aquellas noches diáfanas del cinco de enero, sentado en el patio de mi casa, observando con atención el mar de estrellas que tenía a mi vista. Mis padres me habían dicho que desde una lejana estrella llegarían aquellos hacedores de sueños. Ya había escrito mi cartita, donde inteligentemente mis padres, me guiaban con el pedido.
   Que sana ilusión,  mirando esa noche cada una de las estrellas que iluminaba mi espera, guardando la esperanza de que mi pedido haya llegado a tiempo. ¡Debes dejar pasto y agua para los camellos! decía mi padre, ellos vienen de muy lejos, y llegarán sedientos a nuestra casa.
  Los minutos se hacían días, y las horas meses. ¡Hay que acostarse!, me decía mi madre. Después de vueltas y vueltas en mi cama, quedaba dormido.
  Apenas el sol golpeaba en la ventana de mi cuarto, corría al encuentro de mis zapatitos, que rodeado de extraños paquetes me llenaba de asombro.
  Sentado en el suelo acariciaba con sorpresa, aquella bicicleta, que sin haberla pedido, hoy era mía. Después de un largo rato, salía del éxtasis de la ilusión cumplida.
   Después de tomar mi desayuno, mis padres me autorizaban a salir a la vereda, para encontrarme con los demás chicos del barrio, donde compartíamos los regalos recibidos. La pelota de Juancito, el camión de madera de Pedrito, el juego del caracambio del morochito de la esquina. Que felices nos sentíamos, que nuestra cartita había llegado a tiempo.
   Aquella frescura de niño ilusionado, quedó en un querido recuerdo. Gracias a mis padres, por haber despertado en mí la capacidad de sorprenderme, con aquella misteriosa venida de los queridos REYES MAGOS.
   No perdamos nunca la capacidad de sorprendernos, y encontremos cada día un motivo nuevo para seguir viviendo.

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