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jueves, 30 de diciembre de 2010

EL ENCUENTRO DE LOS DOS GENERALES

     En una pulpería de la Banda Oriental, se encuentran José de San Martín y José Gervasio Artigas a compartir algunas copas. En un rincón sentado junto al mostrador estaba un viejo paisano de la zona.
   El pulpero observa con cierta nostalgia la llegada de estos dos grandes. Mesa pequeña, sillas de madera con asientos de cuero, un porrón de cerveza inglesa y dos vasos de origen portugués. Sin mediar palabras y con gestos de preocupados, saborean la bebida importada, servida por el pulpero.
  Artigas más campechano levanta el vaso, y con pocas palabras pero muy justas le dice: - “Brindemos por la liberación de la Banda Oriental, y que muy pronto pase a manos de nuestros paisanos” San Martín un poco más académico levanta también su vaso y expresa: - “La idiosincrasia de nuestro pueblo, está más allá que pase a manos de los paisanos, sino que seamos lo suficientemente inteligentes, para formar una patria unida y orgullo del resto del mundo” –
  El viejo paisano que no entendía mucho de que hablaban se viene acercando a la mesa.
  Un breve silencio se apodera de la situación. Mano derecha en el vaso, y mano izquierda apoyada en su sable. Ambos guerreros dejan que el tiempo fluya. Artigas con pocas palabras pero ubicadas en su contexto expresa: “Mis hombres están prontos para la lucha, sólo esperan mis órdenes.” San Martín con voz impostada y llena de gloria, le dice: “No quedará ningún gringo sobre esta bendita tierra, mis hombres también esperan, que yo levante el sable.”
  Aquel paisano que escuchaba atentamente la charla de estos dos grandes, toma una silla, y se acerca la mesa.
  El pulpero gentilmente le acerca a la mesa, un salamín en rodajas y unas tajadas de pan casero. San Martín y Artigas agradecen, y sin apuro saborean la factura casera de la zona.
  Al cabo de un rato, nuevamente la sabia palabra de Artigas: “Lucharemos hasta derramar la última gota de sangre, para que nuestros paisanos tengan su rancho propio.” “Seguramente”, contesta San Martín, “yo mismo empuñaré mi sable para liberar esta tierra de intrusos.”
  Esa palabra intrusos, lo pone nervioso al paisano, que se saca el sombrero y comienza a rascarse la cabeza.
  Los caballos de estos dos grandes, esperaban en el palenque, y muy pronto llegará la noche. “Muy bien José Gervasio”, dice San Martín, “el camino nos espera, nuestros hombres se preparan para la lucha, y nos necesitan”. “Tienes razón José”, insistía Artigas, “mi caballo y mi sable están nerviosos, y no descasarán hasta expulsar a estos intrusos.”
  Ambos se levantan, se colocan sus sombreros, saludan al pulpero y cuando fueron a extenderle la mano al paisano, este le dice:
   “Miren señores. Yo a Uds. no los conozco, pero veo que tienen un lío machazo. Que tienen muchos peones fieles en sus estancias, que se les ganó un caminante que llaman intruso, y que a sable limpio lo quieren sacar. Los años me han enseñado que si no lucho para mejorar mi rancho, ningún vecino viene a darme una mano.  He aprendido que algunos son buenos vecinos, y otros sacan ventaja. Aquellos que hoy dicen ser fieles, cuando le damos la espalda, nos roban el poncho. ¡Ah, me olvidaba!, antes de irse pasen por la letrina, el camino es largo y no se puede perder tiempo en esas pequeñeces.”
  El sabio consejo de este viejo paisano, dejó sin palabras a estos idealistas luchadores, que con trote lento, pero seguro, retomaron cada uno su camino.
 

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