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domingo, 21 de noviembre de 2010

LA CARRETILLA TRAVIESA


        Todo parecía normal hasta que Nepomuceno Saravia, compra una carretilla de madera, en la ferretería del turco Abraham. El turco como excelente comerciante, llena de elogios a la compra efectuado por Nepomuceno, diciéndole que la cuide, que de noche la deje bajo techo, que no la golpee, en fin, una serie de recomendaciones que el novel comprador a los pocas horas de tenerla en su poder, borró de su memoria.
   Esa misma noche decidió ponerle un nombre para identificarla con las demás herramientas. Su nombre sería “Traviesa”. Esa noche durmió en el mismo cuarto que él, la tapó con una vieja frazada, y antes de dormir, le dijo que sería su compañera inseparable.
   La noche fue muy placentera, llena de sueños y de ilusiones.           Comienza el nuevo día, y en el lugar donde había dejado a Traviesa, no había nada. Sale al patio del fondo, y la ve junto a un limonero, conversando con el rastrillo, la pala, y el balde de plástico, que Nepomuceno utiliza para darle de comer a los chanchos.
  ¡No lo podía creer! Se acerca junto a ella, y sin ningún disimulo, Traviesa se despide de sus compañeros de tareas, y sale rumbo al gallinero, que tenía una charla privada con el gallo.
   El pobre hombre se acuerda de los consejos que le había dado el turco, y decide volver al pueblo. Preocupado y lleno de dudas, le pregunta al comerciante: ¿Qué me ha vendido Don Abraham? El turco sonriente le dice: ¡No le dije!, debe cuidarla como una esposa.
  Regresa a su chacra, y sorpresa fue cuando al llegar, la ve rumbo a la cañada, llevando a todas las gallinas, al conejo, y al mismísimo perro.
  Trataré de hablar con ella, se dijo.  Llega a la cañada, la mira sonriente, la acaricia, y como buena criatura mimosa, cruje sus maderas, como aprobando el gesto de cariño que recibe de su amo.
   Nepomuceno no se anima a pedirle que regrese antes del anochecer por temor a ofenderla, y regresa a la chacra.
  Ya entre dos luces, llega la Traviesa, cargando dos zapallos, fresquitos huevos, amarillas naranjas y un ramo de flores silvestres que recogió en el camino. El perro saltaba junto a ella, y el loro que jamás dijo una palabra, charló un largo rato antes de la cena.
   La cena fue silenciosa, solo se oía el crujir de la rueda de Traviesa, que iba de un lado para otro. De pronto un golpe en la puerta indicaba una inesperada visita. Sin darle tiempo a Nepomuceno, la voluntariosa Traviesa recibe al perro del vecino que viene a saludarla. Toda una fiesta en el rancho. Cansado de un largo día de continuas sorpresas, Nepomuceno decide acostarse.
  Al otro día se despierta temprano, mira a su alrededor, inspecciona todo su rancho, y piensa: “realmente me hace falta una carretilla, hoy mismo iré por el comercio del turco Abraham”.

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